Volvimos del viaje el primero de septiembre a las siete de la mañana. Al día siguiente, nació mi prima Pilar, hija de mi tío y padrino Daniel (hermano de mi mamá). Con unos ojos enormes, igual que Nati, me hizo acordar a ella la primera vez que la vi.
Más tarde me conecté al MSN:
Natalia: Hola Nati, ya estoy en mi casa. Llegué bien.
Lalo: Hola Nati, ya estoy en mi casa. Llegué bien. Llegué a las siete.
Me dijo eso porque hacía poco más de doce horas que había llegado, y no le había avisado. Si bien le había dicho que la próxima vez que la iba a ver, sería en el quince de Evelyn, al día siguiente fui al colegio. No le avisé que iría, fue una sorpresa. Me recibió con un abrazo, al igual que sus amigas. Hablamos por un momento y más tarde me fui a mi casa.
Parecía que nada podía manchar este momento, pero cuando regresé a mi casa, mi mamá me hizo un planteo sobre la plata que había “desaparecido” antes de que me vaya a Bariloche. Le expliqué con lágrimas en qué la había gastado. Me pidió que le cuente a mi papá lo que había hecho y le dije que el domingo lo iba a hacer.
Llegó el día del cumple de Evelyn. Estaba inquieto. Quería que sea el horario para poder ir al salón. Hasta allá fui con un amigo que teníamos en común con Nati y sus amigas: Nicolás. En el camino, miramos (por su celular) parte del partido de Argentina contra Brasil por las eliminatorias para el Mundial 2010, que perdió nuestra selección por 3 a 1. Al llegar, no le di mucha importancia a ella. No sé por qué razón lo hice. A eso de las diez y media, entró Evelyn. Vi muy emocionada a Nati. Esa escena me conmovió mucho. Quería abrazarla en ese momento, pero no tuve el valor de ir y hacerlo. Minutos más tarde cada uno se sentó en la mesa que le correspondía. Mi mesa estaba compuesta por Rocío, Sofía, Belén (otra amiga de Nati), Fabricio, Nicolás (el novio de Evelyn), Ramiro (un amigo de los dos anteriores), Erika (una chica que va al cole) y un tal Pablo. Me sentía medio incómodo, ya que con las únicas personas con las que me llevaba bien eran Rocío y Belén. Hablé muy poco, casi nada. En ese quince, conocí a una persona que considero un gran amigo hoy en día, Juan Pablo, que iba a primero de polimodal en ese entonces.
A la hora de ir a bailar, estaba junto a Nico (con el que había llegado) y Juanpi. En ciertos momentos, trataba de ir a buscar a Nati pero no me dio mucha atención como esa vez en Flight City. Hago un pequeño paréntesis: ¡cómo odio afirmar que concurrí a ese lugar cuando tenía dieciséis años! Gracias, me descargué un poco.
Cuando terminó la primera parte del baile, fui rápidamente a sentarme solo a mi mesa. Me sentía triste, vacío. Creo que ella lo notó y vino a hablarme. Me dijo algo sin importancia sobre una pulsera que usaba en ese momento. Yo mostraba una cara de enojo para disimular un poco la tristeza que sentía. Sé quedo un tiempo a mi lado, y en un momento, le tomé su mano. Me recorrió una sensación de tranquilidad y serenidad cuando nuestros dedos quedaron entrelazados. No dijimos nada, tan solo quedamos tomados de las manos. Minutos después, comenzó el vals, y más tarde otra ronda de baile. Estuve bastante tiempo junto a Nati, en ocasiones se me escapaba, algún que otro abrazo. Me sentía bien. Pero como siempre, algo derrumbó toda clase de esperanza. Le pregunté si me acompañaba al patio del salón. Su respuesta, fue: “no, hace frío”. Esa respuesta me afectó mucho. Peor aún, cuando en una ocasión, ella estaba bailando con un chico y yo fui y la separé de él y a los dos segundos fue a bailar otra vez con el mismo.
Una vez más, fui a sentarme a la mesa. No quería saber más nada de esa fiesta, sólo quería llegar a mi casa. Cuando llegué, no pude dormir. Pensé y pensé en lo que había pasado horas atrás. Una vez más estaba resignado. Pero también había otro problema, le tenía que confesar a mi papá lo del tatuaje. No lo hice yo, sino que fue mi mamá. Tenía miedo de que decisión pudiera llegar a tomar conmigo a modo de correctivo. Propuso que, una vez más, me vayan a buscar a la salida de la escuela. Le rogué que no lo haga, que ya que era mi último año y ese castigo era demasiado, el peor. En fin, quedó en la nada en ese momento. Eso me alivió un poco.
Horas más tarde, me habló Eve:
Evelyn: ¿Cómo la pasaste?
Lalo: Bien por suerte. Le faltó algo para que sea excelente. Pero bueno…
Evelyn: ¿Qué le faltó?
Lalo: ¿Tengo que responder? Empieza con N.
Evelyn: ¡Ay Dios!
Lalo: ¿Vos la pasaste re bien? Me imagino.
Evelyn: Sí.
Lalo: Me alegro mucho tonta. ¿Mañana puedo hablar con vos en el recreo?
Evelyn: Sí. ¿Sobre qué?
Lalo: Mañana te cuento.
Evelyn: No, dale. No me digas eso que me vuelvo loca jajaja. ¿Sobre qué? Decime.
Lalo: Ya sabes de quién.
Evelyn: Ahhh… Bueno.
Lalo: Gracias.
Evelyn: De nada.
Había tomado la decisión de contarle a Eve el otro significado de mi tatuaje. Y además, confesarle que era mejor ser amigo de Natalia, ya que era lo único que podía conseguir de su parte. Era como tener una moneda y querer comprar algo que vale el doble. Hablé con su amiga, y le pedí que le cuente la verdad, pero que no me avise cuando lo haga. Que se lo diga cuándo sintiese que era el momento indicado.
Pocos días después, se me rompió la computadora. Estuve casi un mes sin tocar una pc, salvo en el colegio, los días jueves cuando tenía Informática.
En ese tiempo, comencé a llevarme bien con Belén. Es más, me invitó a su quince que sería el 19 de septiembre. Pero había un problema: el mismo día era el festejo del cumpleaños de Guido que había cumplido dieciocho años la semana anterior. Tenía pensado ir a la casa de Guido un par de horas y más tarde al salón. Pero cuando les dije esto a mis viejos, propusieron que vaya a un solo lugar debido a que, como siempre, tenía malas notas en el colegio. Aunque indiqué que iría solo al quince, mis viejos no me dejaron salir. Porque sabían que era mentira lo que había dicho e iba a ir a los dos lugares. Estaba muy enojado. Casi furioso por esa decisión. Minutos después, ocurrió un hecho que quiero dejar atrás. Sentí que no era yo. Le mandé un mensaje a Nati, para que le diga a Belén que no podía ir y que me perdonara.
En fin, me quedé en mi casa, viendo el partido de Independiente contra Vélez que terminó 2 a 2. Resultado que había predicho antes del pitazo inicial. Fue lo único que me sacó una mínima sonrisa en toda la noche.
Dos días después, nos juntamos con mis amigos en la casa de Nacho para festejar el día de la primavera. Hablamos de bastantes cosas, en especial del quince de Natalia. Me pedían que le insista para que los invite. Aunque posiblemente lo decían en broma, les prometí que lo haría, pero en realidad no lo hice.
Después de pensar y pensar, reafirmé la conclusión de que era preferible ser amigo de Natalia. En el colegio, durante un recreo hablamos sobre el tema con ella. Antes de hablar, la miré a los ojos. Se podía ver una enorme tristeza a través de los míos. Le dije que ya no había razones para seguir esperando. Que estábamos bien siendo amigos. No quería insistir en algo cuyo final no sería el esperado. No entendí muy bien que me dijo después, es más ni lo recuerdo. Terminado el receso, fui a mi aula. Hablé con Irina y comencé a llorar. En realidad yo no quería ser amigo de Nati, pero era eso o nada. Le expliqué también el significado del tatuaje. Estaba muy triste. Pero Irina siempre logró consolar mi dolor con sus palabras. Junto a ella me siento tranquilo. Es la única que conoce todos mis secretos porque me brinda una confianza incondicional. No sé qué hubiera sido de mí si no se cruzaba en mi camino.
Antes de empezar con esa “amistad”, a fines de septiembre cité a Natalia. La fui a buscar a lo del Pela, y fuimos a la misma esquina del dos de junio. Le pedí que lea unos papeles en los que había escrito unas palabras que no me animaba a decirle personalmente:
Gracias:
Gracias por ser esa luz de cada día.
Gracias por enseñarme a ser feliz.
Gracias por hacerme perder en tu mirada.
Gracias por cada abrazo que me diste.
Gracias por esos veinticuatro días que “estuviste” conmigo.
Gracias por decir que te encantaría estar conmigo, pero que tenías miedo por vos.
Gracias por hacerme componer tantas canciones.
Gracias por ser tan hermosa.
Y, principalmente, gracias por darme cuatrocientos noventa y cuatro días de felicidad, hasta hoy.
Perdonáme:
Perdonáme por hacerte sentir mal.
Perdonáme por hacerte llorar la primera vez que me dijiste no.
Perdonáme por estar día y noche pensando en vos.
Perdonáme por soñar con vos.
Perdonáme por ilusionarme.
Perdonáme por pedirte una oportunidad.
Perdonáme por besarte cuando no querías hacerlo.
Perdonáme por tomarte de la mano, cuando en realidad te querías soltar.
Perdonáme por ser tan egoísta y haberte dejado de hablar.
Perdonáme por intentar hacerte sentir algo que no querés sentir.
Perdonáme por molestarte con mis mensajes, y cuando estaba en Bariloche, con mis llamadas.
Perdonáme por ser tan molesto cuando estaba a tu lado.
Y, principalmente, perdonáme por amarte tanto.
Mientras las leía pude ver como varias lágrimas recorrían sus mejillas. Al terminar, rompió en llanto. Me abrazó y me dijo que la perdone por todo. En ese momento, me sentí muy mal. Verla llorar me destruyó el corazón por completo. Aunque fueron lágrimas de emoción, más que de tristeza, es algo que no me voy a perdonar nunca. Le pedí otra vez que me perdone. Unos minutos después, cuando se calmaron un poco las emociones, cambiamos de tema, como mi futuro después del colegio y demás. Luego las acompañé a ella y a sus amigas, junto a Fabricio y Nicolás, a la puerta del colegio porque tenían gimnasia. Cuando llegué a mi casa, no sé porque razón, me sentía muy tranquilo. ¿Fue porque era la mejor decisión? Ni yo sabía si era así.


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